Un frío “pshsss” para lo nuevo de Alberola

No soy de esos asiduos al cine o al teatro que se esperan a conocer las crucificantes o ensalzadoras críticas para sentarse o no en la butaca, pero en el caso de Midsummer de David Greig me dejé llevar por todo lo que leí en prensa digital en medios como The Guardian (“Estimulante, flotas de tanto reír como si hubieras tragado sol con una cuchara”) o Greenroom (“Más o menos una noche perfecta en el teatro”). Por esa razón, cuando me enteré de que Carles Alborola traía la obra, con coproducción valenciana, catalana y vasca y la dirección de Roberto Romei, al Teatro Albena no dudé en asistir (y encima conseguí sentarme en primera fila)

¿Cuál fue mi sensación al salir del teatro? Pshss…pichí pichá…bueeeeno (lo sé, no valoro bien en primera instancia). No sabría cómo describir mi primera reacción tras mi salida de la sala, pero sería algo así como “la impresión que te da aquello que no te ha impresionado”. Lo cierto es que me levanté de la butaca pensando en lo que tenía que hacer al día siguiente y creo que no fui el único, ya que, tras un minuto de aplausos forzados (y seguro que con mucho cariño por parte de familiares y amigos) observé a muchos de los asistentes escudriñando los ojos de forma pensativa y eso debe ser duro para un cómico de éxito en el panorama valenciano como Carles Alberola.

El guión de David Greig no está mal, pero adaptar una historia que sucede en una ciudad cosmopolita escocesa al valenciano y al catalán… Este hecho consiguió que no me enganchara del todo al argumento, escuchar a los protagonistas, Bob y Helena, hablar con un acento tan marcado me sacaba de la ficción y me mantenía pendiente de la realidad que me envolvía: un público no muy animado, unos asientos y una sala un tanto ajados y un Whatsapp que me reclamaba cada dos por tres. Además, la historia en sí está poco conectada con la actualidad, ya que parece haber sido ideada para recrear el Central Park neoyorkino y sus alrededores de los noventa (muy a lo Friends), con un humor y una picardía a la hora de hablar del sexo, la crisis de los cuarenta y las borracheras muy de la época en que comenzaban a romperse los tabúes a la hora de hablar de estos temas, es decir, hace más de una década.

Carles Alberola y Elena Fortuny se enfrentan en solitario al público del Teatro Albena

Los actores de Midsummer no consiguieron mover al público ni hacerles sentir nada con sus canciones, las cuales se me hacían prescindibles, durante unas eternas dos horas. Parecía que en ciertos momentos interactuarían con el público como cuando Carles Alberola se disponía a dar un discurso en un simposio ficticio y con su partener, la catalana Elena Fortuny, que interpretaba el papel de Helena, sentada entre los espectadores, pero no fue así.

Lo que sí que destaco es el trabajo de los dos actores, dos profesionales que se enfrentaban a un escenario y a un público en solitario, con textos larguísimos, una batalla de palabras enlazadas con subidas y bajadas, cambios repentinos de humor, canciones cantadas a dúo guitarra en mano y unas tremendas ganas de que la función fuera rodada. Alberola sudaba mucho, tanto que las gotas casi llegaban a la primera fila, en la que me encontraba, cuando corría y daba mil vueltas en el escenario: eso es un buen actor, se comía el teatro. Fortuny ha sido un grato descubrimiento para mí como actriz, por ello detesté a mi salida que la mayoría de comentarios negativos sobre la obra se centraran en el catalán de la actriz. Para mi gusto, se debería dejar aparcada la política en casa cuando se está dispuesto a abrirse y dejarse nutrir creativamente por el arte. Pero lo dicho, es mi opinión.

Los puntos fuertes de Midsummer, como ya he comentado, son sus actores y el uso que hacen de la imaginación y de los limitados elementos materiales de los que disponían. También las escenas de borrachera, la conversación mantenida entre Bob y su pene y la noche de locura y despilfarro con los góticos. El resto es un tanto tedioso y desechable, por lo que no recomiendo la obra, como mucho por Internet, si fuera legal o algún avispado hubiera conseguido introducir una cámara de vídeo o un móvil en la sala, pero como no creo que fuera así…lástima, Alberola, a la próxima habrá más suerte.

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