De salmón navideño

Plaza Mayor de Madrid. Fuente: johnnytravelerblog.com

Plaza Mayor de Madrid. Fuente: johnnytravelerblog.com

Cuando te decides a aprovechar el esperado y necesario puente de diciembre para viajar a Madrid debes ser consciente de que el camino en coche, autobús o tren no te conduce a un destino caracterizado por el descanso y la tranquilidad, sino a uno para el que se requieren clases de buceo con las que aprender a aguantar la respiración. Sí, en estos días por la capital española no se camina, se bucea entre las masas de abrigos, bufandas y gorritos vergonzantes.

Pero todo sea por disfrutar de la Navidad. Que digan los más puristas católicos apostólicos que la Biblia no habla en ningún momento de celebraciones ostentosas marcadas por piques nada altruistas de regalos impresionantes. Que protesten los más “verdes” por el importante malgasto energético que se produce en las grandes ciudades y la extensa duración de una fiesta a la que dan el pistoletazo de salida El Corte Inglés y Mercadona ya en noviembre. Que sí, que todo es cierto, pero a mí las navidades me gustan. Es un hecho incorregible en mí y no tengo ninguna intención de que cambie.

Cierto es que el Ayuntamiento de Madrid sigue ostentando demasiado sus fiestas navideñas, a pesar de la actual crisis. Incluso me aventuraría a pensar que Ana Botella ha colocado gorritos coloridos y destellantes sobre las personas que mendigan por la Gran Vía para mantener todo acorde al estilo sobrecargado de la Navidad. Pero para mí es una fiesta que potencia la creatividad de los estudiantes (acabamos realizando artículos sobre ella), acrecienta la bondad y el recuerdo familiar (hipócrita, pero recuerdo) de las personas y sacan a la palestra televisiva películas y canciones de temática tradicional de excelente calidad (obviamente hablo de las clásicas) que regalan la vista y los oídos de los telespectadores.  

“La gran familia” (¿veis? Me acaba de pasar), una de esas películas tiernamente ñoñas que me inundan de recuerdos y que obligaron a superar mi timidez de un plumazo para, al llegar a la conocida Plaza Mayor de Madrid, gritar como si mi alma interpretativa se fuera en ello: “¡Chencho!” y traer de nuevo a la vida durante un segundo la voz ronca del gran actor Pepe Isbert. No pude evitar ilusionarme al contemplar los trabajados puestos que la plaza contenía, llenos de bolas para el árbol de plástico de todos los colores y variados grabados, figuritas y edificios en miniatura para el Belén que representan cada año los rincones más insospechados de la ciudad cisjordana, como si de un pequeño Gran Hermano a escala 1:20000 se tratara.

¿Y qué calentito se bucea por la calle Fuencarral con tanta gente caminando a diferentes ritmos? Sobre todo si eliges interpretar el papel de salmón de río que intenta atravesar la marabunta a contracorriente y evitar ser pescado por el osezno promotor de turno. Ahí sí que hay roce. Este salmón ha conseguido sobrevivir al tradicional puente de diciembre y ha regresado a la ciudad del Turia con ganas de volver el próximo año. Aunque tendré que retomar las clases de buceo para entonces.

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