Sin puros ni sustancias psicotrópicas

En este mismo instante podría adoptar diferentes personalidades, diferentes egos, con la cercanía de la festividad angloamericana de Halloween,  a la hora de explicar el significado del verbo “leer”, de la abstracción que supone la lectura. Podría mostrarme como un clásico miembro de la Real Academia Española, de gafas con cristales de altísima graduación y puro en boca, y definir la lectura como el acto de “pasar la vista por lo escrito o impreso comprendiendo la significación de los caracteres empleados”. O podría acoger el rol de escritor bohemio consumido por las jaquecas que provoca el poseer una elevada inteligencia y pensar demasiado y alguna que otra sustancia psicotrópica y decir que “la divina acción que implica abrir los ojos y comenzar a leer supone el mayor éxtasis para el ser humano, ya que permite abrir a la mente las puertas de la sabiduría”. Podría, pero no lo haré.

Puesto que mi estilo no está todavía demasiado pulido y prefiero mantenerme a medio camino entre lo extremadamente pulcro y correcto y lo que excede a la realidad y casi roza el estado del nirvana, me acogeré, como hace un abogado con las leyes, a los grandes escritores y periodistas españoles (y a mi incipiente capacidad de valoración). Entiendo la lectura como lo hace Juan José Millás cuando le pregunta burlón a un amigo íntimo si prefiere que su hijo lea Ana Karenina en lugar de Madame Bovary. Es decir, el hecho de conectar ambiente y amplitud de miras: sentarse en cualquier lugar cómodo y rodeado de todo aquello que ayude a la reflexión y abrir una obra escrita – siempre de alta calidad, si es posible – por la primera página y disponerse a aprender, conocer, entender, descubrir, vivir aquello que entra por los ojos a modo de palabras conexas.

“Leer” es el “vehículo principal de toda civilización”, como afirma Enric Sòria en su artículo “Un món que s’abandona”. Me gusta este concepto metafórico, que la lectura sea el patrón de barco de la sociedad y que si los tripulantes no se esfuerzan por que avance, a fin de cuentas sería como si se abandonase. También añade Sòria que los textos “facilitan la difusión y el debate de ideologías razonables y nocivas”. Cuántas guerras y batallas se habrían cortado de un plumazo si dictadores como Hitler o Mussolini hubieran leído no solo a sus antecesores ideológicos, sino también a aquellos a los que querían aniquilar.

La lectura la definen sus consecuencias, lo que puede transmitir y aportar al lector. Tiene poderes más reales que los que se les atribuían a las carbonizadas brujas de Salem: capacidad de madurar las mentes humanas, de abrirlas, de hacer que “rumien”, como considera el escritor Eduardo Alonso, aunque no solo para nutrirlas positivamente, sino también para ensombrecerlas y adoctrinarlas sin capacidad de reacción contraria. Por ello abogo por un buen uso de la lectura, que nos ayude a crecer, a pensar y a vivir de verdad. ¿Final propagandístico? Puede ser, pero sincero – y sin puros ni sustancias psicotrópicas -.

Fuentes: Real Academia Española y artículos de Juan José Millás, Enric Sòria y Eduardo Alonso.

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